Igualdad · 10 de marzo de 2022 · 3 mins lectura
No es una novedad que los mercados financieros son espacios dominados por hombres. Pero pese a las históricas restricciones de género, las mujeres inversoras han sido una parte importante de las principales economías del mundo.
En Estados Unidos, las mujeres estuvieron excluidas de las operaciones financieras durante la mayor parte de su historia. Era común que el padre, esposo o hermano fuese el encargado de todas las decisiones financieras de la mujer. Y por supuesto, ante los ojos de la ley, no podían tener su propio dinero.
Invertir sin ser bienvenida en el mundo del dinero era una tarea imposible. Pero no para Abigail Adams. Conocida por ser la esposa y asesora fundamental del segundo presidente de Estados Unidos, Adams fue más que eso, y se convirtió en la primera inversora documentada en el país.
Su esposo no solo confiaba en su opinión política, sino también financiera. Y tras obtener las riendas de las finanzas familiares, Adams realizó movimientos arriesgados para la época, como invertir en bonos públicos. A largo plazo, sus inversiones le significaron altos réditos. Y su éxito desempeñó un papel importante en la riqueza familiar de los Adams.
Pese a esto, no era raro que tuviesen que enfrentarse al antagonismo de hombres incómodos con su éxito, tras lograr generar un espacio para ellas mismas.
Mary Ellen Pleasant lo supo bien. Nacida en la esclavitud, Pleasant llegó a San Francisco en plena Fiebre del oro de California a trabajar como empleada doméstica para adinerados hombres de negocios. Y aprovechando su proximidad, tomó valiosos consejos de inversión, solo escuchando sus conversaciones.
Una década después, Pleasant era dueña de múltiples negocios y eventualmente, se convirtió en la mujer más rica de la ciudad. Como respuesta, la sociedad comenzó a difundir rumores de ser una bruja vudú, algo que ella mismo alentó. Jugar con el rumor fue una forma de controlar su propia narrativa, desafiando las costumbres de la época para convertirse incluso en una figura en la lucha por la igualdad de derechos.
¿Han cambiado las cosas desde entonces? No tanto como esperaríamos. Solo en 2020 se logró que al menos una mujer estuviese en la junta directiva de cada una de las 500 empresas más grandes de Estados Unidos. Y durante el año pasado, apenas un 31% de las mesas de estas empresas estaban compuestas por mujeres.
En Chile tampoco lo hacemos mejor. No por nada, nuestro país está entre los países de la OCDE con menor participación femenina en grandes directorios, con menos de un 13% de mujeres con roles directivos en empresas del IPSA.
No hay nada de qué enorgullecerse, pero mucho por cambiar.
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